Sin dudas, una de las obras más maravillosas de la oscura Italia de posguerra es Umberto D., producida con la dirección de Vittorio de Sica, quien para entonces ya habría realizado sobresalientes piezas como Sciuscià (1946) y Ladri de biciclette (1948), junto con la colaboración de Cesare Zavattini en la creación del guión. En este film la implacable búsqueda de representación realista del los vestigios socioeconómicos y políticos del país tras la Guerra manifiesta los severos condicionantes en la historia del entrañable protagonista, un ya exhausto jubilado romano que en compañía de su inseparable perro debe de sortear las ineludibles afrentas con un mísero sostén proveniente del decadente Estado. Así, en una narración digna de profunda conmiseración sin la recurrencia
a burdos sentimentalismos, se desarrolla un breve período en la vida de un individuo que, si bien ficcional, pudo haber sido en verdad gestado por las hostiles condiciones de la devastada nación.
El comienzo del film nos muestra una humilde manifestación donde un grupo de pensionados, entre los que se halla el personaje principal, Umberto Domenico Ferrari (Carlo Battisti), se encuentra reunido con el objeto de obtener un mínimo aumento a las paupérrimas jubilaciones que resultan ya insuficientes para los gastos básicos. La súbita interrupción de la fuerza policial hará que los ancianos rápidamente se dispersen. El protagonista, afligido, toma a su fiel perro Flike y se dirige a la precaria habitación que renta en un gran edificio mas a su llegada debe confrontar a la impasible propietaria (Lina Gennari) que le intima para que efectúe el pago de aquel mes pues de lo contrario habría de echarlo. La creciente suma, hasta entonces quince mil liras, sería imposible de recaudar dado el acotado presupuesto de Umberto que resuelve, en una medida poco placentera, vender parte de sus apreciadas pertenencias personales, entre ellas libros y su reloj, con el objeto de arribar al menos a la mitad del monto. Mas en el extenuante trajín el protagonista comienza a sentir un agotamiento que, conjuntamente con su intención de evadir el pago de la renta, hará que llame a un servicio de emergencias que lo lleve al hospital y le atienda.

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